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Tras diez jornadas reina la desilusión

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El Recreativo vuelve a ponernos los pies en el suelo, en ese suelo pedregoso y lleno de musgo del que nunca salimos. La ilusión sobre el papel por los fichajes y las palabras bonitas de Casquero se han ido al traste tras 900 minutos de fútbol. Bueno, de fútbol bastantes menos, la mayoría han sido minutos de incomprensión, lecturas extrañas y troteo sobre el césped.

En los primeros partidos, y yo el primero, daba el margen de la duda porque íbamos contrarreloj y hacía falta un tiempo evidente para cuadrar las piezas. Había un Boris que me encantaba, Gorka debutó bien, Lazo era fantástico y De Vicente salvó de la quema al entrenador con goles espectaculares. Pero el equipo, en vez de ir a más, está avanzando a menos. Los errores de Casado y de Marc Martínez se repiten, el lateral derecho es aleatorio, Sergio González tiene que aguantar lo que puede los errores de sus compañeros. En el centro del campo hay un boquete enorme, pero un boquete que es la madre del cordero para mí en este desastroso Recreativo. Parte al equipo, no hay transición lógica. Rafa de Vicente es buen jugador, pero no se asocia (una palabra muy determinante a partir de ahora) y Jonathan Vila está defraudando en su rendimiento. El joven Djak Traoré, que puede cometer algún error como lo hacen todos, es el único que parece dar equilibrio en la medular. Las bandas, que parecían espectaculares, han pasado a ser muy flojitas. Es cierto que Lazo ha visto demasiados palos que debían ser gol, que Luque no sabe despegarse el balón del pie a pesar de hacer otras cosas muy buenas. Pero no, no han aportado en números finales, nada especial. Y todo el fútbol que plantea Casquero pasa por ellos. El mediapunta se convierte en un comodín que no sé muy bien que hace, y Boris es un islote arriba.

Casquero ha hecho cambios en el dibujo, eso es verdad: 4-2-3-1 y 4-4-2 los ha ido alternando. Pero el fútbol no es eso, no es como jugar al FIFA o al Football Manager en el que tienes cuatro jugadores buenos y te sale todo solo. El equipo no presiona, se rompe por el maldito boquete en el mediocampo, agacha la cabeza en las bandas para desbordar a veces sin sentido y tiene un delantero solo, corriendo, agotándose. No voy a negar tampoco que nos ha influenciado la mala suerte en algunos casos, como esos balones al paro o algunas decisiones arbitrales. Pero también la buena suerte, cualquiera de los goles de Rafa de Vicente o que encajemos tan pocos goles con los fallos tan gordos que cometemos atrás.

Hay jugadores en plantilla que, a pesar de los problemas que existen y son evidentes, no entran en el equipo: David Segura es un fantasma que dejó buenas cosas en pretemporada, Antonio Domínguez pasó al ostracismo, incluso Alejandro Zambrano podría tener hueco en un mediocentro tan escaso como el que tenemos, sin contar con Gorka Santamaría, que está teniendo minutos de la basura. Sus cambios siempre son los mismos, especialmente la entrada de Núñez, al que queremos mucho y adoramos por todo lo conseguido pero que no está fino para jugar en banda este año, quizás si como apoyo al delantero.

La derrota ante el Melilla ha sido la gota que colma el vaso de la desesperación de una afición que no quiere seguir callada. Esto huele a “otro año más para sufrir” y la primera opción que se grita en las redes, en el campo, en las tertulias es que Casquero, contra el que no se tiene nada personalmente, es un técnico demasiado verde al que esto le queda enorme. Lo que no sé es si Manolo Zambrano le pedirá explicaciones a Juanma López (cosa que debería hacer porque, en teoría, Eurosamop es un proveedor del club y no está dando resultados deportivos) y del mismo modo, si Juanma López tendrá más interés en sacar adelante el proyecto Recre o en formar a su becario Casquero.

El próximo sábado jugamos contra el UCAM Murcia, y si esta semana se habla de “ultimatum” será la primera final de la temporada. Para mí, a día de hoy, no hay dudas. Han sido diez partidos en los que vamos a peor en rendimiento individual y colectivo, y mientras los rivales crecen nosotros nos estancamos en ser cada vez más mediocres y rezar a una jugada de calidad individual que nos haga, con suerte, ganar un partido. Algo muy triste para un equipo con 11.000 abonados en Segunda B, el pichichi de la categoría del pasado ejercicio y jugadores con renombre. Es algo más que perder o ganar, son sensaciones. Por eso, yo, esperaría que el cambio profundo fuera ante el UCAM, y no después de ese resultado.

Quizás sería lo único que nos hiciera recuperar un poco la ilusión deportiva.

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